El 24 de marzo de 1980, Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, El Salvador, es asesinado por integrantes de los escuadrones de la muerte al mando del mayor Roberto d’Aubuisson, un exmilitar líder de la derecha fascista en ese país.
Romero, al momento de su asesinato celebraba la misa en la capilla del Hospital de la Divina Providencia atendido por religiosas, donde él tenía su pequeña casa donde vivía, que ahora es museo.
La primera película que se filma sobre la vida del que fuera arzobispo de San Salvador, fue Romero (Estados Unidos, 1989) dirigida por el australiano John Duigan, con la asistencia del mexicano Alfonso Cuarón.
El guion es de John Sacret Young, la música de Gabrel Yared, la fotografía de Geoff Buton, y la producción de la congregación de Padres Paulistas de Estados Unidos. Se filmó en México.
La película se basa en eventos reales, y se cuentan historias de personajes que se construyen a partir de hechos que vivieron distintos protagonistas, tanto sacerdotes como campesinos.
La historia se centra a partir del momento que Romero (Raúl Juliá) es nombrado arzobispo de San Salvador. Se muestra que al inicio es conservador, pero empieza su transformación a partir de ver cómo, desde el gobierno, se reprime a los campesinos, trabajadores y también a los sacerdotes comprometidos con estos.
Este proceso se da en el contexto de la disputa entre la dictadura y las Fuerzas Armadas, financiadas y equipadas por el gobierno de Estados Unidos, y los movimientos sociales populares, sobre todo campesinos, obreros y magisteriales, y la guerrilla de ideología marxista.
Para Romero es un golpe demoledor el homicidio del padre jesuita Rutilio Grande (Richard Jordan), amigo muy querido, párroco de la población de Aguilares, asesinado junto con dos colaboradores por escuadrones de la muerte.
El arzobispo sabe que su amigo no estaba comprometido con ninguna organización política y tampoco con los movimientos sociales, sino lo que hacía, con su tabajo pastoral, era acompañar y ser solidario con lo más pobres.
La respuesta de Romero a este crimen es radical: cancelar todas las misas dominicales de esa semana en toda la arquidiócesis y sólo tener una única misa en la catedral, concelebrada con todos los sacerdotes, como una manera de protestar por ese crimen.
Los obispos más conservadores y ligados al gobierno se oponen, Romero escucha y ofrece argumentos, pero no los convence, resiste la presión y sigue adelante con su decisión, que va a ser un punto de quiebre, la línea de un antes y un después en su responsabilidad como arzobispo.
Romero se revela como un hombre decidido y valiente, no se deja amedrentar por el poder político y los militares. Sus nuevas actitudes y posiciones teológicas, que se traducen en una manera distinta de entender el Evangelio, provocan el rechazo de las élites políticas y económicas, al tiempo que la simpatía de los sectores populares.
Se acerca, entonces, a las ideas de la Teología de la Liberación, pero siempre condena la violencia, venga de donde venga, y también se distancia de cualquier organización política. Su mensaje, siempre inspirado en el Evangelio, se centra en la justicia, la conciliación, la paz y el respeto a los Derechos Humanos.
En su última homilía dominical pronuncia palabras que han trascendido: Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contraria a la ley de Dios. Nadie tiene que obedecer una ley inmoral. Ya es hora de que obedezcan su conciencia en lugar de órdenes pecaminosas. La Iglesia no puede permanecer en silencio ante semejante abominación… En el nombre de Dios, en el nombre de este pueblo sufriente cuyo clamor se eleva al cielo cada día con más fuerza, les imploro, les ruego, les ordeno: ¡Detengan la represión! Al día siguiente Romero es asesinado.
La película presenta el conflicto interno que Romero vive en su proceso de transformación, en el contexto que le toca vivir. Lo presenta como un hombre fiel al Evangelio y a lo que Dios le pide en el ejercicio de su ministerio. Sabe los riesgos, pero los asume. No hay paso atrás. Su compromiso es con el pueblo que sufre y su lucha es por la justicia, la paz y la reconciliación. Por hacer realidad el Reino de Dios en este mundo.
Da cuenta de cómo en medio de las circunstancias que le tocó vivir, en su proceso de transformación, se convirte en un líder religioso al que escuchan y siguen la mayoría de los fieles católicos de su país y de cómo sus palabras trascienden el espacio salvadoreño y llegan a distintas regiones del mundo, en particular de América Latina.
Un acierto del director es dejar que Romero hable y para eso utiliza palabras que extrae de discursos, homilías y entrevistas. En El Salvador, todos los domingos, una gran cantidad de personas sintonizaban la radio, para oír su homilía dominical; en la catedral, los asistentes reaccionaban con aplausos a lo que decía.
Algunos críticos señalan que la actuación de Raúl Juliá, en el papel de monseñor Romero, es el mejor de toda su carrera como actor. En 1989, Sybille y yo vimos la película y la hemos vuelto a ver en marzo de 2026, 46 años después del asesinato de monseñor Romero, persona a la que respetamos y admiramos. En casa tenemos un cuadro del pintor salvadoreño Óscar Soles sobre el momento de su asesinato.

Romero
Producción: EE. UU., 1989
Dirección: John Duigan
Guion: John Sacret Young
Fotografía: Geoff Burton
Música: Gabiel Yared
Con: Raúl Juliá, Richard Jordan, Ana Alicia, Eddie Vélez, Alejandro Bracho, Tony Plana, Damián Alcázar (…)
Rubén Aguilar Valenzuela